Leticia Bergé, o los niños de piel roja

Kuniyoshi, 1835.



Tengo que cuidar a mi madre. Me cuesta hacerme a la idea. Pasar días enteros con ella. Meto los medicamentos que me ha encargado en el bolso, junto a tres libros de Leticia Bergé, y antes de ir a su casa quedo en un bar con él. Hago algunas fotos. Hombres mayores bebiendo a las 11 de la mañana. Una mujer alcohólica leyendo un periódico en el taburete de al lado, todo su cuerpo temblando como ojos. Estoy de mal humor. Mi madre me entristece. Prolongo la parada en el bar hasta que el teléfono suena. La encuentro sentada en el salón, con la butaca girada hacia la ventana. Nos saludamos. Sin besos. Preparo la comida. Veo la tele. Me observa. Enciendo el ordenador y miro las fotos que hice por la mañana. La foto del tatuaje de Kintaro -o el niño salvaje de piel roja- intentando montarse en una carpa me obsesiona. Podría mirarlo durante horas. Después leo a Leticia y veo el espíritu de Kintaro en ella. Me rasco el brazo y levanto una herida. La gota de sangre es pequeña y dulce. Mi madre me mira pero parece enfocar la vista en algún lugar detrás de mí. Estoy aquí, pienso. Quería escribir para intentar comprenderla. Quería escribir: te quiero. Quería escribir sobre Leticia y sobre la niña que he sido. No funciona. En lugar de eso quiero gritar a mi madre. Quiero gritarle, ¡haz algo! Haz cualquier cosa. Pero sigue concentrada en ese punto que no existe, detrás de mí. Presiento: estas visitas me harán ser dura con la belleza. La palabra sangre viene a mí. ¿Qué hacer con el peso de esos huesos?