dead can dance


La palabra amor deja de verse como un pecho; bajas la vista, introduces la mano y cruzas tu torso de adelante hacia atrás, sin sentir nada. Ni odio. Ni alegría. Ni desesperación. Ni pena. Entonces miras los poemas viejos y tienen ojos de niño idiota, o no tienen ojos, o son sólo hueso, o nácar, o un puñado de píldoras. Las venas siguen palpitando, ahí debajo, como sin darse cuenta. Las venas miran siempre hacia otro lado hasta que las cortas o las llenas de sal. El bloqueo emocional hace que te sientas como si acabases de meterte dos pastillas de Alprazolam debajo de la lengua. Cuando tomas Alprazolam te entran ganas de quitarte los calcetines y de sentir las sábanas rozándose contra las plantas de tus pies. Hablas despacio y la luz adquiere una tonalidad marrón, de un sepia claro ligeramente metálico. No deja resaca. Tus venas dormirán. La sensación es tan agradable que hay incluso quien juega a morir con estas pastillas de sabor amargo. No mueren del todo, pero se alejan durante algunas horas y al despertar sienten frío. Al cabo de unos días el cuerpo vuelve a pedir sol así que salen a la calle con las manos en los bolsillos y los ojos entrecerrados, aunque atentos. El color sepia se funde y es susituído por el azul, el naranja o el blanco. Releo los poemas, buscando el error, pero los poemas siguen teniendo esos insípidos ojos de niño, o no tienen ojos, o son sólo hueso, o nácar, o un puñado de píldoras. Los poemas son como las venas. No pueden sentirte. Dejaré de escribir durante unos días. Leeré. Jugaré a la versión original del Prince of Persia durante horas. Escribiré, quizás, algunas líneas sueltas. Prepararé el recital de marzo. La antología de febrero. Saldré al balcón y dejaré que el frío me ponga la cara roja. Saldré al amanecer y haré fotos del bosque lleno de niebla. Buscaré al sapo que vi aquella vez. Dejaré de escribir sobre el amor. Empezaré a escribir sobre la vida.