Al fin he huído a tumbarme bajo los árboles con Joe, después de comernos juntos una tarrina de helado de medio litro, después de quitarnos los calcetines y de responder a su pregunta, ¿tu crees que la naturaleza es sabia o que es directamente esquizo? Apartamos hojas afiladas y nos pinchamos los dedos mientras algunas calles nuevas arden en el mundo. Hemos visto pájaros verdes colarse entre las ramas y la hierba pasar del amarillo al gris, mientras intentaba hacer que mi corazón se parase. Para. Para aquí. Descansa, no temas. No nos hemos besado en la boca, pero hemos permanecido en silencio durante toda una hora. Después, trás la reja del parque, he esquivado al padre de mi hija, escondida tras una columna, lamiendo una gota de chocolate fondente seca, comisura izquierda, mientras Joe se reía y me llamaba a gritos. Hemos pasado junto al portal de la casa de mi madre, la que habitó mi padre, y he parado y me he sentado con la cabeza entre las rodillas, pensando ¿para qué? Después he pensado en la doctora que me recomendó empezar a escribir esto y la he odiado y he deseado ir pronto a verla para conseguir más pastillas celestes, azul suavizante, sí, Joe, pastillas contra el ruido de mi cabeza. No tengo hambre, abro un libro y el poema que aparece grita palabras sobre pájaros.