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Debí haberme dedicado a los animales, como soñaba, desde pequeña. Debí haber sido veterinaria, o bióloga, o quizás fotógrafa documentalista, llenarme de barro y olerles. Debería haberlo hecho, centrarme en ellos y olvidar el sexo y la velocidad, y olvidar la superficie y las costumbres, y el baremo de los hombres. Ahora sólo puedo escribir sobre ellos, invocarlos, dibujarlos con lápices de madera, todo tan como cuando era niña. Es la última oportunidad, la única forma, ya, de habitar su espíritu.